Hay quien vive feliz y contento con su existencia porque cumple sus metas, sus expectativas, sus objetivos, tal vez asequibles, quizá fáciles de alcanzar, probablemente cercanos y simples para cualquiera. Pero tener objetivos sencillos y accesibles les permite, a quienes los tienen, tener una vida sin preocupaciones ni más problemas que los que representa la existencia mediocre de una vida llana, superficial, chata, sin ambiciones. Al fin y al cabo son así felices. ¡Qué envidia!.
Hay otros que, planteadas las perspectivas tan absolutamente altas, a menudo inalcanzables, casi quiméricas, utópicas, vivimos, en el acontecer diario, preocupados por contemplar una realidad social, humana, nacional que no sólo nos repugna sino que nos frustra y nos aboca al desánimo y al desaliento por el hecho de no poder hacer nada para cambiar todo aquello que reputamos malo, absurdo, aberrante, indigno e injusto.
A grandes objetivos, grandes frustraciones. Y entonces pensamos en tirar una toalla que, seguro, sabemos que nadie se dignará en recoger, ni probabemente se preocupará al verla en el suelo.
Afortunadamente siempre hay quienes nos demuestran que, en alguna parte, o en muchas partes, de forma anónima o con nombre y apellido, España existe, la verdadera España, dormida aparentemente a veces, aletargada y rendida sin remedio, sólo aparentemente, existe en actitudes, en personas, en reacciones que nos hacen recobrar el aliento y seguir manteniendo una lucha que parece inútil, mas no lo es.
Y no lo es porque España existe en estas personas que, de forma aislada, demuestran lo mejor de sí mismas arrostrando riesgos, perjuicios y arriesgando salud, futuro laboral, estabilidad económica, seguridad pesonal y la propia integridad física o incluso la vida.
España existe en un soldado de Munguía que, alma al cielo, afronta incólume las consecuencias de desafiar, en su terreno herrikocobarde, a la represión y a la mordaza mafiosa en "territorio comanche", jugándoselo todo.
España existe en quienes se juegan la vida diariamente por levantar una bandera, la española, donde únicamente se exhibe para escupirla o quemarla o arrastrarla por el suelo. No existe en los partidos de fútbol donde la enseña nacional representa la excusa para, a modo de capa, justificar la borrachera entre el calor ardoroso del resultado inane e intrascendente de un partido de liga.
España existe, ¡vaya si existe!, en la "alcaldesa española de Lizarza". En Regina Otaola. En ella, personal e individualmente, al margen- desde luego completamente al margen- de su partido: "Bajo del coche y una mujer me llama cerda. En el Ayuntamiento retiro la foto de una etarra y pongo la bandera española. Tendré que renovar la papelería, ahora con anagrama de presos. Mando traducir el presupesto del euskara al castellano". (Diario de Regina Otaola en su primera semana frente al municipio abertzale; El Mundo, 8 de Julio de 2007).
Gracias, Regina, por enseñarme que tú eres España. Tú das sentido a mi vida, y a mi lucha, y a mi existencia. Gracias, bravo soldado de Munguía. También tú, con tu valiente actitud, eres España. Gracias, España, porque aunque no se te vea, a veces, siempre al final, me das señales de tu existencia y del latir de tu corazón malherido.