Yo tengo un amigo, que ya es decir un lujo, que para sorpresa de propios y extraños es un cargo de relativa importancia, y grande responsabilidad, dentro de un sindicato, a priori, no muy amigo, la UGT.
Este amigo mío, que lo es, y no de boca, porque ya superó las pruebas de demostración y está, como casi ninguno, fuera de esa fase, proviene de la infancia o, digamos mejor, adolescencia, donde casi todos los gatos son pardos y las gatas..., a las gatas no le mirábamos ni el color.
Estudiamos juntos lo que antes era el BUP, y ahora se llama algo de ESO, y no se si de lo otro también.
Quedábamos cada día a mitad del camino del instituto que era público, pero al que salvaba de la mediocridad el nombre heróico con que se titulaba: El Gran Capitán. Que era grande también allí, a pesar de lo inanes de quienes lo dirigían.
Y como decía, cuando nos encontrábamos a mitad de ese camino, ambos realizábamos un saludo cordial, un saludo que el dice haber olvidado, como la militancia que, efímeramente, logré de su persona, pero que yo sé que no olvidó, y aunque lo hubiera hecho, el no cambió de persona, ni de personalidad, ni de forma de ser, ni mutó su amistad, eterna e imperecedera, como lo son todas las cosas buenas y valiosas de la Naturaleza.
Ese saludo era brazo en alto y esa militancia la de Fuerza Nueva.
Pasó el tiempo, quizá porque yo, al cabo de mi vida me tomé muchos lapsos de tiempo para recapacitar y elegía conventos de entrada restringida y de salida... ¡hay! si se supiera cuando te tocaba la salida.
Cuando salía, como digo, de uno de esos retiros, que yo convertía también en espirituales, aunque en su comienzo no lo fueran del todo, me encontaba siempre que las cosas habían cambiado, sin que yo estuviera, que eso es lo malo de los cambios que se producen en esos retiros obligados de la vida, que la gente, los demás, siguen viviendo, y tú, aunque creciendo interiormente, te quedaste atrás, y no viste la evolución de cuantos te rodeaban.
Y estábamos en esto de los cambios cuando descubrí que mi amigo, que lo es y lo seguirá siendo, tenía alguna lagunilla mental, y no se había conformado con hacerse rojo, y con haber cambiado su vocación castrense, ahora era abogado, como yo con cierto retraso, y votante del Psoe, no así su novia, insustituible y maravillosa, que votaba IU, y además era militante de la UGT y, no podía ser de otra manera, un cargo relevante, con una misión trascendente, la defensa de los trabajadores.
El otro día me llamó este amigo, cuya presentación me quedó larga pero del que todo lo que diga o su mujer me quedaré siempre corto, y me habló de una hermosísima historia a la que le hubiera gustado contribuir de un modo redondo, como su Nicolás.
Se trata de que, siendo lector asiduo y voraz, estaba leyendo una obra de mi respetadísimo y conspicuo Sanchez Dragó, y vió que nuestro egregio personaje rememoraba una hermosa carta que le llegó un buen día de una, en su momento, aprendiz de escritora, que no ahora, cuya joven reputación le precede y cuenta con grandes avalistas, entre los que humildemente me encuentro, y también con grandes escritores para que la apadrinen, y le pedía en esas páginas:"Pituca, si no te ha cambiado la vida ni trastocaron tu mente pura y sana de los trece añitos, ponte en contacto conmigo, pues ahora debes tener 17 hermosas primaveras y tu valía me obligó a conservar el recuerdo". (el resumen es mío, pero era similar el contenido).
Supe, al habla con nuestra insigne Pituca, que ya se reencontraron, y que en la misma Feria del Libro donde yo me estrenaba, ellos ya se vieron, y puesto en conocimiento de mi amigo, pienso que chafé un poco la ilusión de cerrar un círculo tan hermoso como chocante, a saber: un hombre de UGT, amigo íntimo de Ynestrillas, llamó a éste para que le dijera a Pituca, escritora donde las haya, adalid del patriotismo, para que se pusiera en contacto con Sanchez Dragó, que la andaba buscando.
El círculo se cerró sin su participación, pero la historia, la historia ....no perdió ni un ápice de su belleza.